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Por Víctor Beker:

Las urnas dieron un veredicto el pasado 11 de agosto. Su impacto en la economía no se hizo esperar: disparada del tipo de cambio y del riesgo país y debacle de las cotizaciones bursátiles.

Esto genera un cierto déjà vu. Parece una reedición de lo ocurrido en 1989, que terminara con el adelanto de la entrega del gobierno por parte del presidente Alfonsín al presidente electo Menem.

¿Qué pasará de acá al 10 de diciembre? ¿Qué similitudes y qué diferencias existen entre la situación económica actual y la de 1989?

La principal diferencia es que hoy hay un acuerdo vigente con el Fondo Monetario Internacional. Ello permitió engrosar las reservas del Banco Central y dotarlo de una masa de maniobra para hacer frente a una fuga de capitales.

En 1989, ya antes de las elecciones, el Banco Mundial había suspendido los desembolsos comprometidos con el gobierno argentino. Las promesas de “salariazo” y un dólar “recontraalto” promovieron la dolarización de los ahorros y una fuerte salida de capitales. Ello obligó a apelar al desdoblamiento del mercado cambiario introduciendo uno libre para las transacciones financieras y otro regulado para las exportaciones e importaciones de mercancías y servicios. La corrida cambiaria se profundizó y el tipo de cambio se disparó. El impacto sobre los precios no demoró en hacerse sentir: la inflación, que en febrero de 1989 era del 9,6% mensual, alcanzó el 78,4% en mayo, 114,5% en junio y 196,6% en julio. En este mes se realizó la entrega anticipada del gobierno, en plena hiperinflación. La pobreza había trepado al 47,3%.

Hoy, el Banco Central cuenta con 66.000 millones de dólares en reservas brutas. Se estiman en unas 16.000 millones las reservas disponibles que podrían utilizarse para hacer frente a una corrida cambiaria. ¿Es mucho? ¿Es poco?

Como faltan unos 40 días hábiles hasta el 27 de octubre, aquel total implica unos 400 millones de oferta diaria que el Central podría poner sobre la mesa. Parece una suma razonable para hacer frente a eventuales desfasajes entre la oferta y la demanda de divisas en un mercado que mueve unos 2.500 millones de dólares diarios.

Claro está que ello requeriría el visto bueno del FMI, que tiene la última palabra en cuanto al uso de las reservas. En efecto, sería difícil para las autoridades del organismo explicar que una parte importante de los fondos prestados a la Argentina se utilizaron para financiar una salida de capitales.

Es posible que se apele a una estrategia intermedia: dejar deslizar el tipo de cambio y utilizar unos 150 millones diarios para acotar dicho deslizamiento. Claro está que ello tendría su costo en términos inflacionarios: el traspaso a pesos del aumento del dólar reavivaría el proceso inflacionario llevándolo a niveles superiores al 3% mensual.

Aún así, el Banco Central deberá mantener en alza la tasa de LELIQ para controlar la masa de liquidez que se vuelca al mercado cambiario. Ello implica profundizar la tendencia recesiva de la economía y abortar las insinuaciones de reactivación que aparecieron antes del proceso electoral.

En suma, la perspectiva es un agravamiento de la estanflación con la que convive la economía argentina. Serán tres meses que para muchos parecerán tres siglos.

 

Por Víctor Beker, director del Centro de Estudios de la Nueva Economía de la Universidad de Belgrano