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Todo se maneja en volúmenes astronómicos: son 25 mil periodistas acreditados, la expectativa de público ronda los cinco mil millones de espectadores. Poco más de 10.500 atletas de 206 naciones participarán del evento.

 

Por Eric Nepomuceno

Página/12 En Brasil

 

Desde Río de Janeiro

 

El viernes 5 de agosto, a menos de un mes de distancia en el calendario, los portones del mítico estadio de Maracaná se abrirán para la ceremonia del inicio de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

 

Se anuncian atractivas maravillas de la más alta tecnología, capaces de multiplicar el brillo de unos diez mil figurantes cuidadosamente entrenados para crear, en la ceremonia de apertura, un espectáculo sin precedentes, algo absolutamente inolvidable.

 

El lunes 4 de julio, una avanzada de uno de los participantes de especial relieve en los Juegos Olímpicos, la Fuerza de Seguridad Nacional, integrada por policiales militarizados de todos los estados brasileños, llegó a Rio. Y tuvo una recepción comme il faut: sus integrantes, apenas ingresaron en el área urbana, se vieron en medio a una balacera con una banda periférica del narcotráfico que controla las favelas que se esparcen por toda la ciudad. No hubo heridos. Pero uno de los tiros disparados por la pandilla le dio al espejo retrovisor de un vehículo de la Fuerza de Seguridad Nacional. Es bastante sintomático que al llegar a la ciudad ese motorista perdiese, aunque por un segundo, la posibilidad de mirar hacia atrás, hacia de donde venía.

 

Para los habitantes de la que sigue llamando a si misma de Ciudad Maravillosa, se trata de noticia rutinaria: aquí, tiros y balas perdidas hacen parte del escenario, y no nos quitan la idea de que somos privilegiados por vivir en uno de los paisajes urbanos más bellos del mundo.

 

Así que mejor volver al tema: al fin y al cabo, estamos hablando de Juegos Olímpicos, que poca cosa no son. Todo se maneja en volúmenes astronómicos: son 25 mil periodistas acreditados (se esperan 5 mil más, los retardatarios de siempre), la expectativa de público ronda los cinco mil millones de espectadores. Poco más de 10.500 atletas de 206 naciones participarán del evento.

 

A los que les gustan las comparaciones: en 2014, cuando se disputó la Copa del Mundo de fútbol en Brasil, 32 países enviaron 736 jugadores, que disputaron 64 partidos. Hubo poco menos de 19 mil periodistas acreditados, y el número de espectadores fue tres mil millones 200 mil.

 

En los Juegos Olímpicos, serán 306 pruebas en 42 modalidades deportivas. Fueron puestos a la venta más de tres millones de ingresos, y unos 50 mil voluntarios prestarán su gratuita colaboración para que todo resulte lo más cómodo posible para las delegaciones participantes.

 

Cálculos fiables indican que entre los días 5 y 21 de agosto alrededor de 700 mil turistas nacionales y extranjeros estarán en la ciudad, cuyo conurbano abriga siete millones de habitantes. Se espera la presencia 60 jefes de Estado o de gobierno. La expectativa inicial era de cien, pero ya se sabe que difícilmente será alcanzada: Brasil vive un conturbado momento político, en que un golpe institucional en curso coincide con los Juegos Olímpicos.

 

Aun así, el país anfitrión contribuirá, para que se llegue a al menos cinco docenas de presidentes, con dos. Uno es Michel Temer. Su título oficial es el de vicepresidente en ejercicio, pero para efectos concretos es el presidente. Y está Dilma Rousseff, electa por 54 millones 500 mil votos en 2014, fue apartada temporariamente del poder gracias a los votos de los 55 senadores que abrieron en el Senado un juicio para destituirla. Pese a haber sido apartada, no perdió su mandato. Exagerado como de costumbre, Brasil comparecerá a la inauguración con dos presidentes, algo inédito en la historia del evento.

 

A lo largo de los últimos seis años Rio se preparó intensamente para la realización de los primeros Juegos Olímpicos –el mayor evento deportivo del mundo– en Sudamérica. Además de instalaciones deportivas construidas o reformadas, obras viales se multiplicaron, transformando el cotidiano de los habitantes en un infierno, pero con la promesa de ser una benéfica herencia que contemplará a todos. Terminada la fiesta, se verá que todo valió la pena, dicen las autoridades municipales. Sin embargo, para que se logre semejante hazaña, hay obstáculos, y no son pocos. A empezar por el principal: la violencia urbana.

 

Por estos días un estudio divulgado por la ONU muestra que la policía militar de Río de Janeiro, encargada de patrullar la ciudad, es la más letal del mundo. Aquí, se muere en manos de la policía dos veces más que en Sudáfrica, cuyas fuerzas de seguridad se hicieron justamente famosas como una de las más fulminantes del mundo. Y casi diez veces más que a manos de la policía de Estados Unidos. En el caso nuestro, se puede agregar a la palabra ‘letal’, y sin miedo de cometer injusticias, que la policía local será también de las bestialmente truculentas y olímpicamente corruptas del mundo. Todo eso hace inevitable que a las vísperas de la inauguración del mayor evento deportivo del mundo el tema de la violencia urbana y de la actuación de las fuerzas de seguridad invada la agenda.

 

El espectáculo que será ofrecido en la Ciudad Maravillosa promete ser una maravilla inolvidable. El problema es que la realidad amenaza con prometer otra cosa.