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Desde su advertencia sobre el riesgo de un conflicto atómico mundial, como lo señaló al salir de Roma, hasta sus opiniones sobre cuestiones sociales y políticas, incluso abordando asuntos espinosos y difíciles para la propia institucionalidad eclesiástica. 

Por Washington Uranga 

El papa Francisco acaba de cerrar su gira por Chile y Perú, su sexta incursión por América latina desde que fue electo pontífice. Durante más de una semana dejó instalados temas y polémicas para seguir analizando. Desde su advertencia sobre el riesgo de un conflicto atómico mundial, como lo señaló al salir de Roma, hasta sus opiniones sobre cuestiones sociales y políticas, incluso abordando asuntos espinosos y difíciles para la propia institucionalidad eclesiástica. Pero más allá de las polémicas, el papa Jorge Bergoglio volvió a demostrar que es capaz de congregar multitudes detrás de sí –desafiando incluso las especulaciones acerca de los números–, que tiene un lenguaje que cala en las audiencias y que con su mensaje interpela a los factores de poder. 

 

 

He aquí algunos asuntos que vale destacar a modo de broche final del proceso, sin la pretensión de agotarlos y si bien queda abierta una larga agenda para repasar. 

El primero de ellos es la mirada política de Francisco sobre la evolución de la realidad política latinoamericana. 

 

Una frase formulada en tono coloquial y captada durante el encuentro de Bergoglio con los obispos peruanos expresa de alguna manera la perspectiva política del actual jefe de la Iglesia Católica y de qué manera ve la realidad de América latina. “¿Que pasó en América latina, que estaba buscando un camino hacia la Patria grande que nuestros héroes soñaban y, de golpe, en pocos años, está sufriendo bajo un capitalismo liberal deshumanizado, donde se endeuda la gente...?”, dijo. Quien se pregunte qué piensa el Papa sobre lo que está ocurriendo en el continente, ahí tiene una respuesta. 

 

Y esta perspectiva se puede completar con la contestación que Bergoglio le dio a uno de los periodistas que lo interrogaron en el viaje de regreso al Vaticano. “Uno de los objetivos de la Iglesia es luchar contra la pobreza”, le dijo el hombre de prensa. “Chile ha logrado disminuir la pobreza del 40 al 11 por ciento, y es el resultado de una política liberal. ¿Hay cosas buenas en el liberalismo?”, le insistió desafiante el periodista. Ante esto Francisco admitió que “debemos estudiar bien los casos de las políticas liberales”. Pero, continuó diciendo, “algunos países de América latina han puesto en marcha políticas liberales que los han llevado a la mayor pobreza. No sabría qué responder, pero en general una política liberal que no involucre a todo el pueblo es selectiva y te lleva hacia abajo. El caso de Chile no lo conozco, pero en otros países la cosa lleva hacia abajo”.

 

Vinculado de alguna forma a lo anterior, aparece también el tema de la corrupción, al que el Papa denominó un “virus social”. “Yo al pecado no le tengo miedo, le tengo miedo a la corrupción, que te va viciando el alma y el cuerpo” dijo dialogando distendidamente con los periodistas. Y amplió el alcance del concepto. “El empresario que le paga la mitad a sus obreros es un corrupto. Un ama de casa que está acostumbrada y cree que es normal explotar a las mucamas con el sueldo o el modo de tratarlas, es corrupta”. Y a modo de ejemplo dijo recordar una conversación “que tuve con una persona, un profesional joven, 30 años, que me decía cómo llevaba la cosa, y él me dijo que trataba al personal doméstico de una manera nada noble. Yo le dije: ‘Pero, usted no puede hacer eso, eso es pecado’. ‘Padre, me dice, no vamos a comparar a esa gente conmigo, esa gente está para eso’. Y eso es lo que piensa el tratante sexual, el tratante de trabajo esclavo: corruptos”. Y admitió que “hay casos de corrupción (también) en la Iglesia. Siempre los hubo. Hombres y mujeres de Iglesia entraron en el juego de la corrupción”.

 

Es la capacidad que tiene Francisco –para algunos también su debilidad– de enfocar los problemas por fuera de la reflexión abstracta y del lenguaje teológico para traducirlo en referencias a la vida cotidiana. En esto reside en gran medida el aspecto carismático pero simultáneamente político de su mensaje.    

 

Una de las cuestiones que mediáticamente más repercusiones tuvo fue la defensa que hizo del obispo chileno Juan Barros, señalado por algunas víctimas de abusos como cómplice de tales hechos. También en el vuelo a Roma Francisco reiteró sus disculpas “si he herido a las víctimas de abusos con mis palabras en el caso (del obispo) Barros” e insistió en su convencimiento de que “no existen evidencias” que condenen al obispo como cómplice de los delitos de abuso sexual cometidos por el sacerdote Gustavo Karadima. “No hay evidencia de culpabilidad”, repitió. Pero se mostró “abierto” a seguir escuchando y, si es necesario, a “cambiar de sentido”. Por el momento, dijo Francisco, “no tengo evidencias para condenarlo. Y si yo condenara sin evidencia o sin certeza moral, cometería yo un delito de mal juez”.

 

Sin lugar a dudas este tema fue el que mayor disgusto le causó a Bergoglio durante su periplo. Francisco no se movió de su posición respecto de Barros pero simultáneamente ratificó su decisión y la del Vaticano de continuar con la política de “tolerancia cero” respecto de los abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia.

 

Por último, frente al señalamiento hecho por parte de la prensa en relación a la poca asistencia a los actos que presidió en Chile el Papa prefirió no darle importancia y hasta se burló del tema diciendo que “eso es un cuento chino, ¿eh? Yo de Chile me vine contento, no esperaba tanta gente en la calle. Y eso que no pagamos la entrada. O sea, esa gente no fue pagada ni llevada en colectivo. La espontaneidad de la expresión chilena fue muy fuerte. Incluso en Iquique, que yo pensé que iba a ser una cosa muy poquita porque Iquique es desierto y ustedes vieron lo que fue la gente. En el sur lo mismo. Y en Santiago las calles de Santiago hablaban por sí mismo”. 

 

Pero no dejó pasar la oportunidad para subrayar la responsabilidad de los comunicadores, en la misma línea planteada en estos días por varios obispos argentinos. “Creo que la responsabilidad del informador es ir a los hechos concretos. Estoy contento con el viaje a Chile; no me esperaba tanta gente por la calle... ¡y a esta gente no le pagaron para que fuera!”,  volvió a decir irónicamente.

 

Sobre el mismo tema y después de lo afirmado por el Presidente de la Conferencia Episcopal Oscar Ojea, en el sentido de que “algunos le tienen miedo al Papa” y por eso lo atacan o “escamotean” su mensaje, el obispo Gabriel Barba, presidente de la Comisión de Comunicación del Episcopado argentino, sumó su propio testimonio y el de sus colegas Pedro Olmedo (Humahuaca), Daniel Fernández (Jujuy) y Mario Cargnelo (Salta) que estuvieron acompañando al Papa en Perú. Barba dijo que junto a “Francisco rodeado de su pueblo” hemos “podido ver también una realidad paralela, mediática. Un relato distinto de lo mismo. Noticias especulativas y mezquinas. Atentos a parciales intereses. Una realidad paralela. Pero... que se impone a la mayoría, por la fuerza de los medios”. Y advirtió que “es hora de estar más atentos que nunca para no dejarnos llevar a donde quieren que miremos... y a donde quieren que distraigamos nuestras miradas”. 

 

 

Temas y debates que dejó el paso del Papa por estas latitudes y que se instalaron en la Argentina, aunque Bergoglio sigue sin pisar su tierra. Algo que, por cierto, es una cuestión en sí misma a la que se le seguirá dedicando tiempo y espacio en los medios de comunicación del país.